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La historia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) surge de una urgencia estratégica: Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial sin un sistema de inteligencia centralizado.
A diferencia de potencias como el Reino Unido, con su MI6, o la Alemania nazi, que había convertido la información en un arma de guerra, Washington carecía de un órgano capaz de coordinar datos, análisis y operaciones secretas. Para corregir esta vulnerabilidad, el presidente Franklin Delano Roosevelt creó en 1942 la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS).
El laboratorio de la inteligencia moderna
Bajo la dirección del experimentado William J. Donovan, la OSS se convirtió en el laboratorio de la inteligencia moderna estadounidense. Su misión fue precisa: identificar las debilidades del Tercer Reich, apoyar a la resistencia en territorios ocupados y ejecutar operaciones encubiertas en Europa, Asia y África.
En apenas tres años, la OSS reunió a más de 13.000 efectivos —militares y civiles—, sentando las bases de una nueva forma de combatir: desde las sombras.
Tras la derrota del Eje en 1945, parecía que el servicio secreto había cumplido su propósito. El presidente Harry S. Truman, inicialmente desconfiado de este tipo de organismos, ordenó la disolución de la OSS. Sin embargo, la calma de la posguerra fue efímera. La Unión Soviética emergió rápidamente como un rival ideológico y militar, y Truman comprendió que, sin una agencia de inteligencia robusta, Estados Unidos quedaría en desventaja en la incipiente Guerra Fría.
La ley que creó la CIA
Luego de intensos debates y la resistencia del FBI y el Ejército, Truman firmó en septiembre de 1947 la Ley de Seguridad Nacional. Así nació oficialmente la CIA, concebida como una agencia civil independiente bajo la autoridad directa de la Casa Blanca.
Su objetivo inicial era recolectar y analizar información para asesorar al presidente, funcionando como un “periódico secreto” del poder. Su primer director fue Roscoe H. Hillenkoetter, y gran parte de su personal fundacional provenía de la extinta OSS.
No obstante, la CIA pronto trascendió el análisis de datos. En 1949, una nueva legislación le otorgó poderes extraordinarios: financiar operaciones en secreto, actuar en el extranjero sin rendir cuentas públicas y mantener bajo reserva absoluta su estructura y agentes. En ese momento, la agencia dejó de ser solo “los ojos y oídos” de Washington para convertirse en su “mano oculta”.
La CIA y su mano negra
Durante la Guerra Fría, la CIA fue la pieza clave para contener la expansión del comunismo. Sus operaciones encubiertas alteraron el mapa político global: desde los derrocamientos en Irán (1953) y Guatemala (1954), hasta el financiamiento de movimientos opositores en América Latina, África y Asia. Estas acciones, a menudo destinadas a sostener regímenes aliados, generaron críticas históricas por el costo en democracia y derechos humanos.
La controversia también alcanzó el ámbito doméstico. Proyectos como MK Ultra, enfocado en técnicas de control mental e interrogatorios, revelaron un lado oscuro donde la ética fue sacrificada en favor de la seguridad. En la era contemporánea, filtraciones de gran escala han reforzado la imagen de la agencia como un poder que, en ocasiones, opera al margen del escrutinio público.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la prioridad viró hacia el terrorismo internacional, centrando sus operaciones en Medio Oriente. Hoy, ante el ascenso de China, la CIA vuelve a transformarse para enfrentar una competencia estratégica de largo plazo.
Desde su creación, cada inquilino de la Casa Blanca ha recurrido a sus servicios. Admirada por su eficacia y temida por su alcance, la CIA sigue siendo una de las instituciones más influyentes del planeta. Invisible pero decisiva, su trayectoria demuestra que, en la política internacional, la información es tan poderosa como cualquier ejército.
