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La Iglesia Católica celebra este 8 de febrero la festividad de San Jerónimo Emiliani, un aristócrata veneciano del siglo XVI que, tras una experiencia de cautiverio militar, decidió dedicar su fortuna y vida al cuidado de los huérfanos y enfermos. Nacido en Venecia en 1486 y fallecido en Somasca en 1537, Emiliani es reconocido globalmente como el Patrono Universal de los Huérfanos y de la Juventud Abandonada, debido a su innovador modelo de acogida y educación que sentó las bases de la asistencia social moderna en el ámbito eclesial.
Transformación y despertar espiritual
San Jerónimo Emiliani nació en el seno de una familia noble. Siguiendo la tradición de su clase social, inició una carrera militar que lo llevó a defender la fortaleza de Castelnuovo di Quero contra la Liga de Cambrai. En 1511, fue capturado y encadenado en un calabozo. Según los registros biográficos de la época, este periodo de aislamiento fue el catalizador de su conversión. Tras lograr su libertad, atribuida por la tradición a la intercesión de la Virgen María, Jerónimo regresó a Venecia con una visión radicalmente distinta sobre el propósito de su existencia, renunciando a sus aspiraciones políticas y militares.
Hacia 1528, Italia enfrentaba una severa hambruna seguida de una epidemia de peste. San Jerónimo Emiliani comenzó a utilizar sus propios recursos para alimentar a los necesitados y, particularmente, para recoger a los niños que habían quedado desamparados tras la muerte de sus padres. Fue en este contexto donde fundó el primer hospital y orfanato en San Basilio, Venecia, implementando un sistema donde los niños no solo recibían alimento, sino también formación académica y religiosa.
Su labor se extendió rápidamente por el norte de Italia, llegando a ciudades como Verona, Brescia, Bérgamo y Como. Su enfoque no era meramente asistencialista; Jerónimo creía firmemente en la dignidad del trabajo, por lo que estableció talleres para que los huérfanos aprendieran oficios que les permitieran integrarse de manera productiva y autónoma a la sociedad una vez alcanzada la madurez.
La fundación de la Compañía de los Siervos de los Pobres
En 1532, San Jerónimo Emiliani fundó la Compañía de los Siervos de los Pobres, conocida posteriormente como la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca (Somascos). Esta congregación fue aprobada oficialmente por el Papa Pablo III en 1540, pocos años después de la muerte del santo. La filosofía de la orden se basaba en la “devoción a través del servicio”, priorizando la educación gratuita y la formación técnica de la infancia más vulnerable.
El modelo educativo somasco introdujo innovaciones para la época, como la enseñanza catequética estructurada y la organización de los orfanatos en pequeñas comunidades que simulaban el entorno familiar. San Jerónimo Emiliani sostenía que la educación y el trabajo eran las herramientas fundamentales para rescatar a la juventud de la marginación y el vicio, una visión que se adelantó por siglos a los tratados modernos de pedagogía social.
A pesar de su origen noble, San Jerónimo Emiliani vivió sus últimos años en la más estricta pobreza, compartiendo el mismo techo y comida que los huérfanos a su cargo. Su dedicación fue tal que, mientras atendía a los enfermos durante una nueva epidemia de peste en la región de Lombardía, contrajo la enfermedad que finalmente le quitaría la vida.
Legado, canonización y por qué el 8 de febrero
San Jerónimo Emiliani falleció el 8 de febrero de 1537 en la localidad de Somasca, lugar que dio nombre a su congregación. La elección de esta fecha para su festividad en el santoral católico responde a la tradición del dies natalis, que conmemora el día de su fallecimiento o, en términos teológicos, su “nacimiento a la vida eterna”. Su proceso de canonización culminó en 1767, cuando fue elevado a los altares por el Papa Clemente XIII.
En 1928, el Papa Pío XI lo proclamó Patrono Universal de los Huérfanos y de la Juventud Abandonada, reconociendo que su obra fue pionera en la protección institucional de los menores de edad. Hoy en día, la Orden de los Somascos mantiene presencia en los cinco continentes, operando colegios, centros de formación profesional, orfanatos y casas de acogida, manteniendo vigente el precepto de su fundador de servir a Dios a través de los más pequeños.
La importancia de su figura trasciende lo religioso, siendo un referente histórico de la filantropía y la educación social en la Europa del Renacimiento. Su vida representa el paso del individualismo aristocrático a un compromiso comunitario profundo, centrado en la protección de los derechos humanos básicos de la infancia.
